Después de siete meses de guerra —meses de miedo, destrucción y desplazamientos constantes de un lugar a otro dentro de Gaza—, ya no quedaba ningún lugar seguro. Los refugios estaban superpoblados, las casas reducidas a ruinas y la muerte nos seguía a todas partes.
Cada vez que nos mudábamos, dejábamos atrás una parte de nuestras vidas: un recuerdo, un juguete, un rincón seguro que ya no existía. Cuando ya no quedaba ningún otro lugar adonde ir, me vi obligada a abandonar Gaza con mis dos hijos y huir a Egipto, llevando la llave de nuestra casa en mi pequeño bolso, un símbolo de esperanza de que algún día volveríamos. Todas las noches, les contaba a mis hijos historias sobre nuestra casa: sus juguetes favoritos, su pequeña habitación, el limonero del jardín y las risas que una vez llenaron nuestras paredes.
Cuando se anunció el alto el fuego, pensamos que por fin veríamos nuestro sueño hecho realidad. Pero cuando las fuerzas israelíes se retiraron de nuestro barrio, las imágenes que nos llegaron lo destrozaron todo. Nuestra casa había desaparecido, estaba destruida. No solo nuestra casa, sino todo el barrio había sido arrasado.
En ese momento, me di cuenta de que estaba reviviendo la historia de mi abuelo. Él había sido desplazado de la ciudad de Al-Majdal (ahora en la Palestina ocupada) en 1948, llevando consigo la llave de su casa hasta su muerte, soñando con regresar. Y aquí estoy, más de setenta años después, sosteniendo otra llave de otra casa, destruida.
Por un momento, la esperanza se desvaneció.
Cuando miré las fotos, buscando una pared, una ventana, cualquier cosa que mostrara que ese había sido nuestro hogar, ni siquiera quedaban rastros.No pedimos mucho, solo el derecho humano más básico: el derecho a un hogar seguro. Esto se ha convertido en un sueño lejano en Gaza. ¿Qué han hecho los niños de Gaza para merecer una vida sin refugio y sin seguridad?
No tengo otro lugar adonde ir más que Gaza, aunque no tengo ningún lugar al que regresar.
Aun así, llevo conmigo la llave, la llave de una casa destruida, sí, pero también la llave de un derecho que nadie puede arrebatarme. Porque el derecho a la vivienda no deja de existir bajo los escombros.Esta no es solo mi historia. Es la historia de cientos de miles de familias palestinas en Gaza, ahora sin hogar, que sufren el mismo dolor y la misma privación de derechos: un hogar que puedan llamar suyo.
Este testimonio fue compartido por Asma, miembro de HIC de Gaza. Tras meses de guerra, destrucción y desplazamiento, Asma recibió recientemente imágenes que mostraban lo que quedaba de su casa y su barrio. Sus palabras reflejan no solo su pérdida personal, sino la realidad compartida por miles de familias palestinas que se enfrentan a la misma lucha y a la misma negación de un derecho: un lugar seguro al que llamar hogar.
Sigamos mostrando nuestra solidaridad con Palestina y reafirmemos que el pueblo de Gaza merece lo que todo ser humano merece: un lugar seguro y digno donde vivir, descansar y reconstruir.
Únete a la campaña de HIC: Reforzando nuestro llamamiento global a la solidaridad y la reparación para el pueblo indígena palestino.


